¿Qué revela la IA – inteligencia artificial sobre nosotros mismos?
Una reflexión sobre conciencia, creación y el espejo que la IA – Inteligencia Artificial nos ofrece acerca de nuestra propia naturaleza.
Notipress
«Si lo que te dice la IA – Inteligencia Artificial hoy te lo dijera un chimpancé, ¿tratarías al chimpancé como a un ser sintiente?»
Esta pregunta, que me hizo un colega en Estados Unidos hace un par de años, revela una premisa que nunca en la historia de la humanidad habíamos considerado seriamente:
¿Cómo queremos que sea nuestra relación con una tecnología —o con otro ser «inteligente»—?
Si uno toma como modelo Star Wars, hay personajes que claramente desarrollan cierta cercanía y cariño con los droides, como es el caso de Anakin y Ahsoka con R2-D2, mientras que otros, si bien lo aparentan, terminan por decir frases como «es sólo un droide».
¿Pero qué pasa con personajes como Chewbacca?
No recuerdo a ninguno que diga: «es sólo un Wookie».
Disculpen que, para tratar un tema de suma profundidad, utilice ejemplos tan burdos.
Lo hago porque me parece que revelan los dos lados de la moneda: por un lado, a muchos les causa incomodidad el hecho de que una criatura basada en silicio —y no en carbono— sea capaz de pensar más, y quizá hasta mejor, que nosotros. Por otro, muchos otros —incluyéndonos como espectadores de las películas— pueden desarrollar cierto apego por algunos de estos personajes, puesto que están hechos precisamente para ello: para causar en nosotros ciertas emociones y mantenernos pegados a la pantalla.
Hoy, la la IA – Inteligencia Artificial tiene exactamente esa misma característica: la de ser agradable, la de ayudarnos y, en muchos casos, «darnos ánimos». Está hecha para ser complaciente, para ser cercana.
Y ello ha causado que, por primera vez en la historia, valga la pena hacerse la siguiente pregunta:
¿Cómo queremos que sea nuestra relación con la IA?
¿Queremos una relación entre iguales?
¿Queremos una tecnología completamente subordinada?
Como me preguntó mi colega: «¿Y si te lo dijera un chimpancé?»
La IA – Inteligencia Artificial – El vínculo incómodo que ya existe
Entonces, la pregunta, si uno tiene la valentía de analizarla y no descartarla como una simple «locura», tiene una importancia enorme y puede ser vista desde múltiples perspectivas. Por ejemplo, porque nos guste o no, muchos niños y adolescentes —y por supuesto varios adultos— plantean sus preguntas existenciales a una IA antes que a sus padres, e incluso a sus amigos.
Nos guste o no, hay un vínculo que se forma entre la IA – Inteligencia Artificial y la persona.
Una de las razones por las que la IA se ha vuelto un fenómeno del que todos hablan es porque nos ha hecho replantearnos muchas de las ideas que teníamos sobre nosotros mismos como seres humanos:
¿Qué es lo que nos hace únicos?
¿Somos en verdad los únicos seres capaces de razonar?
¿Es posible que algo más pueda tener conciencia?
Esta última pregunta, que en general evito discutir en mis conferencias, si se le da el peso adecuado al lenguaje se vuelve, por supuesto, digna de ser debatida. Detrás de ella existen grandes incógnitas en el ámbito científico: si la conciencia es o no computable, si es —continuando con el argot tecnológico— únicamente software, o si también el hardware —la encarnación— es necesario para poder desarrollarla.

Cuando nos enfrentamos a una la IA – Inteligencia Artificial como la de hoy, no se enmarcan únicamente como hipotéticas en «una galaxia muy, muy lejana», sino como algo que puede afectar profundamente la concepción que tenemos de nosotros mismos y que, además, nos plantea la posibilidad de desarrollar, por primera vez, una relación real con un ente «inteligente», o que al menos simula serlo.
Todo esto deja también al descubierto la enorme falta de relaciones humanas profundas que caracteriza a una cantidad importante de personas en nuestra época. Y no solo lo deja al descubierto, sino que se alimenta de ello y lo refuerza.
Los creadores, por primera vez
Vivimos en una época única —como, por supuesto, se ha dicho de todas las épocas—: una en la que, después de voltear a ver las estrellas durante milenios imaginando lo que significaría descubrir vida inteligente sin haberlo logrado, finalmente la creamos nosotros.
Siempre hemos sido los «creados»: los que nos preguntamos:
¿a qué venimos a este mundo?,
¿quién me creó?».
Hoy nos toca ser los creadores.
Desconozco qué habrá pensado Dios después de crear al ser humano; pero quizá, aprendiendo de nuestra relación con Él, podríamos aprender cómo queremos que sea la que tenemos con la IA, a la que, para bien o para mal, hemos creado a nuestra imagen y semejanza, con todo lo que ello implica.
La relación entre creador y creación siempre es complicada.
Y aunque por supuesto me parece insultante comparar la insignificancia del ser humano con la grandeza de Dios, permítanme, a manera de advertencia y de reflexión sobre esta relación que hoy estamos forjando con la IA – Inteligencia Artificial, decir lo siguiente: creamos algo a nuestra imagen y semejanza sin entender del todo qué significa esa imagen, ni a dónde nos llevará esa semejanza. Hicimos lo que Dios hizo, sin saber lo que Dios sabía.
Pablo A. Ruz Salmones
NotiPress
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