No podemos detenernos. Siempre hay algo más para hacer: un problema que atender, un chat que reclama, un corazón para poner en Instagram y un audio de más de dos minutos al que nos resistimos a darle play. Por qué somos esclavos de nosotros mismos.
Por Natalia Carcavallo

“Estoy muerto”. “No puedo más. Voy aprovechar este fin de semana para desconectarme de todo”. “Me voy a tomar unos días para desenchufarme. Necesito recuperar energía”. “Las semanas que tengo por delante son muy difíciles”. “Cuando pase este cuello de botella voy a descansar”. ¿Alguna vez llega ese momento? ¿Y cuando llega, nos atrevemos a parar? Si logramos lo que nos propusimos ¿nos quedó resto para disfrutar?

El filósofo Byung-Chul Han sostiene que la depresión, el déficit de atención y el síndrome del burn out son la pandemia de este siglo.

Estas conversaciones están a la orden del día. El loop de agotamiento permanente, tienen consecuencias más graves de lo que quizás seamos capaces de percibir. No sólo desnaturaliza la vida, sino que pervierte las relaciones con otros, y con nosotros mismos. Estamos perdidos en el multitasking, en los estímulos permanentes, en la exigencia, en la búsqueda de logros y de progreso.

Ponerse al día es imposible. Sin embargo lo seguimos intentando una y otra vez. Pertenecemos a este tiempo en el que “estamos demasiado muertos como para vivir y somos demasiado vitales como para morir”. Así de contundente es la afirmación de Byung-Chul Han, uno de los filósofos más reconocidos y leídos de este tiempo. Leer sus pequeños libros, es impactante. Su capacidad de describir y reflexionar sobre el momento actual nos interpela de manera descarnada.

Uno de los más conocidos y citados es La sociedad del cansancio. Allí hace una de sus más populares afirmaciones: “Uno se explota a sí mismo voluntariamente creyendo que se está autorrealizando. Nos matamos a base de autorrealizarnos”.

Han, nacido en Seúl y alemán por adopción, dice que hemos incorporando el “Yes, we can” como mandato interno- La sociedad del “sí, nosotros podemos” produce individuos agotados, fracasados y depresivos. No poder más conduce a un destructivo reproche de sí mismo y a la autoagresión”. El filósofo sostiene que la depresión, el déficit de atención y el síndrome del burn out son la pandemia de este siglo. La sobreestimulación a la que estamos sometidos y que naturalizamos no deja tiempo para el ocio ni para una reflexionar sobre nada. Agotados, somos vulnerables, no queremos pensar más. De esta forma, la vida se reduce responder y reaccionar a los estímulos permanentes y cambiantes del afuera.

"Estamos perdidos en el multitasking, en los estímulos permanentes, en la exigencia". Foto: Shutterstock.
“Estamos perdidos en el multitasking, en los estímulos permanentes, en la exigencia”. Foto: Shutterstock.

No podemos parar. Siempre hay algo más para hacer, un próximo paso, un problema que atender, un chat que reclama, un corazón pendiente para poner en Instagram y un audio de más de dos minutos al que nos resistimos a darle play.

La famosa frase de Lennon sigue estando vigente varias décadas después: “La vida es lo que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes” ¿O no?

“El exceso del aumento de rendimiento provoca el infarto del alma… El cansancio de la sociedad de rendimiento es un cansancio a solas que aísla y divide. El cansancio que separa. Byung-Chul Han da un paso más allá con esta afirmación y nos convoca a pensar de qué forma nos vamos alejando de todos, cuando estamos urgidos por un nuevo logro, la promesa de éxito y realización, la fantasía de una tranquilidad, de una seguridad y de un bienestar que nunca terminan de llegar. Porque cuando damos finalmente un paso, aparece la posibilidad del próximo. No podemos quedarnos quietos.

Noche de Netflix

¿Cuántas veces esperamos el fin de semana para finalmente permitirnos no hacer nada y quedarnos encerrados viendo una temporada entera de una serie de moda?

Entretenimiento pasivo, series pensadas para la adicción, descanso de estímulos, respiro de los otros, historias tan confortables que nos permiten relajar, no pensar y sentirnos a salvo, porque sabemos que, por lo menos ahí, algo terminará bien.

Nos otorgamos la posibilidad de evadirnos unas horas. Podemos darnos ese “lujo”. No lo hemos ganado. Sobre esto, Han tiene una mirada que nos empuja a hacernos otras preguntas. Afirma que nuestra forma de vida se asemeja con la forma en que consumimos las series: “Las series gustan tanto hoy porque responden a nuestros hábitos seriales. Nuestra percepción asume una forma serial. Se apresura de una información a la siguiente, de una sensación a la siguiente, sin llegar nunca a un final. Se produce un consumo sin fin. Tratamos de matar el tiempo a base de entretenimientos baratos que aún nos entontecen más”.

La enfermedad del Ocio

“El ocio se ha degradado a una mera desconexión mental. Sólo sirve hoy para descansar del trabajo. Para muchos el tiempo libre no es más que un tiempo vacío, un horror vacuo”, explica Han. Por todo esto muchos de nosotros nos enfermamos en nuestro tiempo libre. Como el estrés es cada vez mayor, ni siquiera podemos o sabemos ya cómo descansar. Lo hemos naturalizado de tal manera que muchos lo convertimos en un chiste con un dejo de aceptación: “Y si… uno se enferma cuando puede”.

“A la civilización actual le falta sobre todo vida contemplativa. Por eso desarrolla una hiperactividad, que le quita a la vida la capacidad de demorarse y recrearse. Ya no es posible experimentar un tiempo pleno”, dice Han en sus libros.

Sucede con el disfrute también, cuando somos convocados permanentemente a tener experiencias. Por todos lados podemos leer análisis y estudios que ratifican que ahora las personas ya no queremos gastar dinero en cosas, pero sí en experiencias. Es probablemente cierto, pero el marketing de la felicidad y la promesa aturdidora de que generar momentos recordables (e instagrameables) nos hará felices, también es una trampa. Hay que aprovechar hasta el tiempo de ocio que solo vale si se convierte en algo distinto.

Para tener “experiencias” además necesitamos la creatividad para diseñarlas, tiempo para vivirlas, y por supuesto, dinero disponible. Si vamos más profundo, para vivir estas experiencias se necesita de mucho más de nosotros. El disfrute se vuelve, otra vez, una exigencia. Tenemos que hacer valer nuestro tiempo libre. Es el famoso poema de Walt Whitman, Carpe diem, pero en modo de obligación. “Aprovechá el día y descansá porque el lunes habrá mucho que hacer, de nuevo”.

Y entonces, ¿está todo perdido?, ¿no tenemos salvación?

Han dice que sí, sugiere el regreso a la capacidad de estar quietos, de la vida contemplativa, del silencio, del tomarse un tiempo para no hacer nada, para poder pensar y regresa a la fuente de todo: lo que nos salva, lo que nos aporta real sentido a la vida, es el amor. Él lo explica así: “No el amor de pareja ni una relación erótica, sino el amor en tanto que apertura hacia el otro crear vínculos, dentro de la diferencia, que hablen de correspondencia y reciprocidad. Y es que solo a través del otro seré capaz de transformarme y romper las cadenas que me atan a mí mismo, la cáscara narcisista.” Ya lo afirmaron los Beatles a través de las décadas y lo convirtieron en un himno: “All you need is love”.

Portada » Abriendo el Corazón » Aprender a parar: ¿Cuándo es suficiente?

Aprender a parar: ¿Cuándo es suficiente?